La visita al Parque Nacional del Gran Cañón ha sido una de las más gratas experiencias de todo el viaje.Si alguna vez fue cierta la expresión "una imagen vale más que mil palabras" ésta cobra aún más sentido cuando visitas por primera vez el Gran Cañón del Colorado. La magnitud de su espectacular paisaje te deja anonadado, embelesado y sin palabras que puedan explicar lo que de repente contemplan tus ojos. Es una de esas maravillas que quedan en el mundo y ante las cuales te sientes una pequeña hormiguita en el Universo, incapaz de concebir cómo es posible contemplar tanta inmensidad y tantos millones de años de golpe, en un vistazo.
Para que entendáis un poco mejor lo que intento difícilmente poner con palabras os cuento sus dimensiones. El Gran Cañón tiene 1.6 km de profundidad y unos 16 km de ancho; el río Colorado atraviesa el Cañón a lo largo de 446 km y lo lleva socavando desde hace más de seis millones de años; en el Cañón se vislumbran rocas de hasta 2000 millones de años de antigüedad, la mitad de la vida total de la Tierra.
El Gran Cañón tiene tres puntos de acceso separados por al menos cinco horas de viaje en carretera. El más famoso, desde donde se observan las mejores vistas panorámicas del Cañón y el más frecuentado por los turistas, es el borde sur. El borde sur es el que Brandon y yo visitamos. A 320 km por carretera se encuentra el borde norte, más tranquilo y menos explotado, y en la parte oeste, en la reserva de los indios Hualapai, es donde se encuentra el recientemente famoso Skywalk, es decir, la pasarela de vidrio transparente que pende sobre el vacío del Gran Cañón. El borde sur y el norte pertenecen al Parque Nacional del Gran Cañón y por tanto su explotación depende del gobierno americano (la entrada al parque cuesta 25$ por vehículo). Por su parte, la parte oeste, al encontrarse en la reserva india de los Hualapai, es explotada en exclusiva por los indios nativos y para poder acceder, además de pasar por un camino no asfaltado, hay que pagar la entrada a la reserva, que son 43$, más la entrada a la pasarela, que suman otros 32$.Y todo ello no conlleva el permiso de hacer fotos, ya que antes de entrar al Skywalk, hay que dejar todas las cámaras, videocámaras y móviles en las taquillas de la entrada. Como véis, los indios han sabido explotar los pocos recursos que les han dejado.
Otra de las cosas que más me ha sorprendido del Cañón es averiguar la cantidad de gente que fallece cada año en el mismo. Las altas temperaturas que se alcanzan aquí, junto con el entorno duro y árido, hace que muchos excursionistas poco preparados sufran golpes de calor que muchas veces resultan mortales. A lo largo del Cañón, al comienzo de los distintos caminos para descender hasta la ladera del río (una ruta que se tarda varios días en completar) distintos carteles anuncian la dureza del camino y, creedme, es para pensárselo dos veces. La mayoría de turistas van de un mirador a otro del parque por sus carreteras asfaltadas y se conforman con las maravillosas vistas panorámicas del entorno. Sin embargo, los más atrevidos pasan días y noches inmersos en las profundidades del Cañón, disfrutando de una perspectiva diferente a la del resto de nosotros. A parte del calor, en el camino se pueden encontrar otros obstáculos como serpientes y escorpiones. Otra alternativa para disfrutar del Cañón es recorrer el río por sus rápidos. Con lanchas a motor, remos o palas, para recorrer el río entero se necesitan varias semanas(!) y de noche se acampa en las playas de arenas de la ladera del río. Los recorridos por el río son todos comerciales, no es posible recorrer el Colorado de forma privada, y hay que reservar por lo menos 6 meses antes, así que, ya sabéis.
Tras pasar toda la mañana y la tarde en el Gran Cañón, y con muy pocas ganas de dejarlo atrás, pusimos rumbo a Las Vegas volviendo a nuestra carretera preferida, la "Carretera Madre". En Arizona condujimos por uno de los tramos ininterrumpidos más largos de la carretera, entre el pueblo de Seligman y Topock, partiendo de la clásica Williams.
Seligman es uno de los tesoros de la Ruta 66 que bien merece una visita. Es un pequeño pueblo atravesado por la carretera que parece anclado en los años 50 y 60. Todo sigue tal y como se podía ver entonces, como si el reloj se hubiera parado y nunca hubiera vuelto a andar. Esto es lo que hace de la Ruta 66 un viaje sin igual. La oportunidad de transportarte al pasado a través de las historias contadas por ciudades medio abandonadas, con moteles anticuados, clásicos restaurantes americanos y oxidados surtidores de gasolina.
La noche se nos echó encima de camino a Las Vegas y tuvimos la suerte de contemplar la caída del sol sobre la Ruta 66, a lo largo de su árido desierto con la silueta de las montañas rojas de fondo.
La llegada a Las Vegas fue impresionante. Entrar a la ciudad a través de su avenida principal conocida como “The Strip” es sumergirse en un mundo casi irreal, con cientos de bombillas y luces de neón, mareas de gentes caminando por las aceras y cientos de coches cruzando por alguno de los seis carriles que conforman la carretera de Las Vegas Boulevard. Una locura increíble que no es comparable ha nada que haya conocido antes. Es como un parque temático en el que se recrean los lugares más famosos del planeta: las pirámides de Egipto, la torre Eiffel de Paris, los canales de Venecia, los rascacielos de Nueva York...
| Hotel París |
| El Bellagio |
Y tras disfrutar de la noche y el día en Vegas, nuestro viaje se acerca a su fin...última parada,
Los Ángeles
Los Ángeles
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